Un infierno con muchos otros infiernos dentro. Así puede resumirse lo ocurrido en las calles de la ciudad de México en los primeros días de diciembre de 1828, cuando al calor de un pleito político, la sangre corrió por las calles, la Plaza de la Constitución se convirtió en campo de batalla, y el Palacio …
Muerte en la Casa de los Azulejos

Un infierno con muchos otros infiernos dentro. Así puede resumirse lo ocurrido en las calles de la ciudad de México en los primeros días de diciembre de 1828, cuando al calor de un pleito político, la sangre corrió por las calles, la Plaza de la Constitución se convirtió en campo de batalla, y el Palacio Virreinal, que apenas se estaba acostumbrando a no ser mansión virreinal, volvió a experimentar el tormento del fuego. Desbocadas las pasiones, se planearon desquites, se destaparon rencores. Nadie salió ileso de aquel que pasó a la historia como el Motín de la Acordada.
Mientras en las calles resonaba el grito “¡Vivan Guerrero y Lobato, y viva lo que arrebato!”; mientras los comercios del pretencioso mercado del Parián ardían, y los saqueadores se alejaban de las elegantes calles cercanas a la Plaza de la Constitución, aferrando su botín en las manos, venganzas más personales se llevaban a cabo, amparadas por las sombras de la primera noche del motín.
En esas horas oscuras, se movían personajes a los que nada les importaban las ambiciones del insurgente ambicioso Vicente Guerrero; hombres decididos a matar para consumir rencores que llevaban años bullendo en su alma. Había llegado la hora de reparar el honor, de tomar venganza, de acallar la voz sorda que en muchas cabezas susurraba: “¡Ahora! ¡Ahora es el momento!”
Y, a pesar de que en esos días la muerte tuvo mucho trabajo, se dio tiempo para cobrar una presa en uno de los grandes palacios de la antigua nobleza novohispana. ¿Qué podía ser mejor trofeo? ¡Nada menos que la cabeza del conde del Valle de Orizaba!
UN PLEITO ELECTORAL
La sublevación que se conoce en la historia política de México como el Motín de la Acordad, es, probablemente el conflicto poselectoral mas sangriento que haya ocurrido en nuestro país. Eran las segundas elecciones presidenciales y existía la expectativa de que las cosas marcharían mejor que en aquella, la gestión del primer presidente, Miguel Fernández Félix, o Guadalupe Victoria, como había dado en renombrarse, desde que combatió a las órdenes del generalísimo Morelos, en la toma de la ciudad de Oaxaca.






