El principito Iturbide: una extraña intriga del Segundo Imperio

De entre las muchas historias que contiene la narrativa del Segundo Imperio Mexicano, la de Maximiliano preocupado por fundar una dinastía Habsburgo en México no era de las menores. Pero, como es sabido, nunca hubo un heredero o heredera, y el distanciamiento entre el archiduque y su esposa Carlota es algo que se vuelve a …

De entre las muchas historias que contiene la narrativa del Segundo Imperio Mexicano, la de Maximiliano preocupado por fundar una dinastía Habsburgo en México no era de las menores. Pero, como es sabido, nunca hubo un heredero o heredera, y el distanciamiento entre el archiduque y su esposa Carlota es algo que se vuelve a contar, una y otra vez, como una tragedia romántica. Por eso surgieron especulaciones sin cuento, acerca de las maniobras del emperador para continuar la presencia Habsburgo más allá de su propia existencia. Por eso existieron presuntos “príncipes”, “adoptados” para consolidar las ambiciones de aquel hombre que creía haber llegado a México con el respaldo de toda la población.

Y en esas maniobras e historias, lo0 que menos importó fue el destino de al menos dos pequeños a quienes las habladurías señalaron como presuntos herederos adoptivos de Maximiliano. Uno, un bebé recién nacido, de la Sierra Gorda de Querétaro, otro, nieto de Agustín de Iturbide. En torno a uno de ellos, solamente hubo imaginerías. Respecto del otro, la historia tuvo un trasfondo dramático: el amor de una madre, sacrificado por las ambiciones de una familia que, a pesar de los cuarenta años transcurridos desde el fusilamiento del primer emperador de México, seguía soñando con ser una “familia real”.

CHISMES, HABLADURÍAS Y MAÑAS

En el viaje que Maximiliano realizó por el Bajío mexicano a los pocos meses de su llegada a México, en el verano de 1864, ocurrieron cosas que rayaban en lo esperpéntico. Todo aquel que se consideraba con algún mérito público buscó la forma de que le presentaran al emperador, para intentar obtener algún cargo, un empleo de buena remuneración o un título de nobleza. Acompañaban a esas pretensiones banquetes, saraos, tedeums y mitotes. En su recorrido por Querétaro, le presentaron a Maximiliano un bebé indígena recién nacido, al que, dijeron las lenguas desatadas, el emperador decidió adoptar y convertirlo en su heredero, cosa que no ocurrió porque el pequeño murió bautizado como Fernando Maximiliano Carlos María José.

El chisme perduró mucho tiempo, y solamente hasta el pasado reciente, cuando la correspondencia en alemán entre Carlota y Maximiliano fue traducida al español, se conoció la versión del archiduque: nunca hubo tal proyecto de tener un príncipe heredero de sangre indígena.

Ocurrió, según Maximiliano, que, al pasar por San Juan del Río, le presentan al bebé. Según el archiduque, “se lo regalaron”, pues los padres del bebé habían muerto. Él da la orden de que el pequeño sea bautizado, y sigue su camino. Por quedar bien, quienes reciben el encargo arman una ceremonia a todo lujo, como si en verdad estuvieran bautizando a un príncipe, lo que contribuyó a fortalecer el chisme.

La carta que Maximiliano envió a Carlota desde Irapuato, deshace el equívoco:

“Se me ha olvidado escribirte que en Querétaro me regalaron un indito chiquitín que me mandaron como presente desde la Sierra Gorda… nadie sabe quiénes son sus padres… yo lo recogí y mandé bautizarlo… mandé buscar una buena nodriza… más tarde lo mandaré venir a México”. Pero nada ocurrió, tanto porque el presunto “príncipe” Fernando Maximiliano Carlos María José se murió a los tres días de bautizado, como porque al emperador nunca se le había ocurrido, realmente, adoptar a aquel bebé, y mucho menos, hacerlo heredero del imperio mexicano.

Lo que sí fue cierto es que intentó atraer a la corte a un pequeño, un bebé, nieto de Agustín de Iturbide. Pero aquella estratagema no funcionó.

EL PRINCIPITO AGUSTÍN

Maximiliano se había comprometido a designar un heredero al trono, en el plazo de tres años, en caso de que para entonces no tuviese hijos. En 1865, el emperador estableció con la familia de Agustín de Iturbide, que navegaba por la vida con bandera de “príncipes”, que, en caso de que la emperatriz no tuviese hijos se adoptaría como príncipe heredero al nieto más joven de la familia: un pequeñito de apenas dos años, llamado Agustín de Iturbide y Green.

La familia Iturbide, movida por la ambición y con gana de recuperar glorias pasadas, firmó un acuerdo por el cual recibieron una compensación de 150 mil pesos y no podrían entrar a México sin autorización del archiduque austriaco. El bebé Agustín se quedaría en la corte al cuidado de su tía Josefa, y ambos, además de otro chico Iturbide, Salvador, de 14 años, recibirían el título de príncipes.

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