Ellas lo eran todo: la milpa, la naturaleza y la madre tierra. Setenta mujeres, representantes de los pueblos indígenas y afrodescendientes, subieron al estrado para recibir a Claudia Sheinbaum, la nueva presidenta, la primera en la vida del país. Sólo mujeres, con sus dones y su fuerza. Una mujer la abrazó. Otra la humeó con una …
La presidenta Sheinbaum y ellas, todas, en un sueño de 45 segundos…

Ellas lo eran todo: la milpa, la naturaleza y la madre tierra. Setenta mujeres, representantes de los pueblos indígenas y afrodescendientes, subieron al estrado para recibir a Claudia Sheinbaum, la nueva presidenta, la primera en la vida del país.
Sólo mujeres, con sus dones y su fuerza. Una mujer la abrazó. Otra la humeó con una fusión de laurel y otra le acercó el copal. Una le entregó el bastón de mando y otra la tomó de las manos para obsequiarle la mejor frase de la jornada: “Tú eres la voz de quienes no tuvimos voz por mucho tiempo. Hoy las mujeres indígenas estamos de fiesta, y no sólo las indígenas, sino todas”.
Sólo ellas. Parecía una tarde para reivindicarlas, para quemar en una hoguera todas sus adversidades y desventuras, para entronizarlas, pero fue la propia Sheinbaum quien quebrantó esa magia femenina para volver a las ataduras…
Cuando terminó el ritual de infusiones y flores, dominado por ellas, las mujeres de nuestros pueblos, la presidenta se acercó al micrófono para dirigirse por vez primera a la multitud reunida en el Zócalo citadino, el ombligo de la luna, rebautizado así desde el templete como una forma de adecuarse a los nuevos tiempos. La luna y ellas. La luna y las velas. La luna y Claudia. Pasaron sólo 45 segundos de su discurso para recordar a su antecesor, para vitorearlo y rendirse ante él y sus frases. “Así como lo hizo él”, reiteraba… Las giras de fin de semana, las conferencias tempraneras, los mismos programas sociales y las mismas banderas de papel contra la corrupción y el derroche.






